Friday, May 19, 2006


Su mirada buscaba la inocencia perdida y el último soplo de vida que le quedaba. Por su pequeña cabecita sólo pasaban las imagenes de su hermanito, que asustado, lloraba, corría y gritaba sin consuelo. De repente todo se puso negro... Silencio. Sus catorce meses de vida habían terminado en ese instante.

Sólo unos segundos pasaron cuando la señora se atragantó la distancia que había entre el lugar en que se encontraba y la cuna de su niño. Cuando llegó, el olor a pólvora aún estaba en el cuarto y el estrepitoso ruido de la muerte la había dejado sorda... Silencio. La vida de su chiquitín volaba en ese instante, como un ángelito, para encontrarse con su creador. Ella no sabía si desmayarse por el inmenso dolor de perder al más pequeño, regañar y golpear a su otro hijo o unirse al llanto, desconsuelo y locura de éste. Optó por lo tercero. Lo abrazó. Quería evitar que le sucediera lo mismo. Abrió la boca como queriendo tragarse al mundo y soltó un grito desde lo más profundo de su maternidad.

No se imaginó que eso pasaría. La vio y se emocionó porque creyó que su papá le había comprado un nuevo jugete, pero no era así. La muerte salió disparada al pecho de su hermanito, el bebé. El estruendo de la oscuridad cubrió sus oídos... Silencio. Cuando vio la sangre en la cuna del niño aprendió que las armas no son un juguete y que la vida es tan frágil como la inocencia. Ambas dejaron de existir en ese cuarto. El alma de su hermanito voló y su inocencia se esfumó en varios gritos de desesperación y en las lagrimas que jamás podrá contener ni los recuerdos que por siempre le atormentarán aunque la culpa no sea suya.

Llegó corriendo al hospital. No lo podía creer. Había comprado eso para protegerlos y nunca se imaginó que el final fuera una tragedia. Con cuanto dolor debía pagar esa lección. No sabía que iba a hacer sin el bebé que la noche anterior había visto crecer, soñaba con verlo graduarse, casarse, hacerse abuelo y celebrar navidades y cumpleaños por montones con él y su hijo mayor. Ahora no lo podrá hacer. Ha llegado al hospital, lo vió con la mirada perdida y tuvo miedo de encontrarse con la esposa, tampoco quería mirar su culpa en la culpa de su otro niñito. Pero los encontró, el mundo se detuvo, todo se oscureció... Silencio.

Ahora lo leí y no deje de pensar. En mi mente las imagenes corrían. Imagine que era cualquiera de mis sobrinos y lloré (No es de hombre llorar, decía mi abuelito, pero lloré). No puedo imaginarme el dolor de todos ellos pero traté y lo escribí acá. Quizás es amarillista, quizás no. Pero tenía que escribirlo porque no debe haber más silencios. Que el sónido de las armas no siga callando más voces y robándose las vidas. No más silencios, no más muertes, no más.

http://elsalvador.com/noticias/2006/05/18/nacional/nac6.asp

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