Tuesday, May 23, 2006

Tetelque, así sitió la boca. Como si se hubiera comido un nispero maduro, o como si mil arañas hubieran decidido hacer su nido entre los labios, la lengua y el paladar.

Apenas parpadeaba, cuando en la oscuridad miró su infancia. Las mañaneadas con la luna despidiéndose y su "mama" preparando la bolsa con pan que tenía que vender antes de las ocho. La bolsa de papel apenas se escapaba del asfalto cuando el niñito la cargaba. Tan temprano era incómodo mojarse los pies, pero no había con qué cubrirlos. Nunca pudo reponer el sueño que perdía porque después corría a la escuela. No quería ser pobre para siempre...

El hombre que lo engendró jamás estuvo a su lado y en aquel rincón olvidado del mundo debió seguir trabajando para estudiar. No creyó que las cosas terminaran así. Esta mañana, llegó con su mamá a la reunión de la escuela y después del acostumbrado beso en la frente, salió a jugar.

Unos días atrás, como sucede con todos los adolescentes, comparó fuerzas con un compañerito. Ganó. La pelea pudo ser otra más de las que a diatrio se daban en el pasaje donde estaba la escuela, pero no fue así, el papá del perdedor encaró a José y le hizó una promesa que acababa de cumplir: "esto no se va a quedar así".

El estruendo interrumpió la reunión. La sangre de José había visto pasar al intruso, era caliente pero pequeño y abrió un hoyo por el que huyó el torrente,.

Ahora José oyó a su "mama", ya no siente la boca ni sus pies, ninguna parte de su cuerpo le respode. La mamá está llorando y él la quiere consolar... ¡No mama, no grite! Siente la última brisa de este mundo, oye por última vez el pito de un microbus. El quería ser grande, ayudar a su mamá, arrancar sus raíces de aquel cajoncito de ladrillos. Hoy ya no podrá. ¡Mama te quiero... no me quiero morir... Mama!"

* Esto es un hecho real. Sucedió en la colonia Montes de San Bartolo (Soyapango) hace tres domingos, pero no salió en ningún periódico. El adolescente tenía alrededor de 13 años y él mismo costeaba sus estudios en un colegio de la zona. Los nombres no son verídicos y no sé si el jovencitió sintió lo que narré. Quizá me quedé corto, gracias a Dios nunca he enfrentado la muerte.

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